Una historia en Guatemala - El Titán que duerme

“Me oculté debajo de la mesa tan rápido como pude, escuchaba que caían rocas desde el cielo, todo era oscuridad”… Nos comenta Pablo, quien nos dirigía a mi hermano y a mí para ascender al gran Pacaya, uno de los tres volcanes activos de Guatemala.

Conocimos a Pablo en el pueblo de San Vicente Pacaya, un muchacho sencillo que junto a su familia ha vivido desde su niñez en este lugar rodeado de palmas Pacaya, plantas que dan su nombre al volcán. Aquí han sido felices por décadas, aunque saben lo que se encuentra bajo sus pies… un titán que duerme, perdido en un plácido sueño, un sueño que no es totalmente profundo y que ocasionalmente provoca que el gigante lance un ronquido, seguido de una gran fumarola, que para los habitantes del pueblo es un recordatorio de la tremenda fuerza que en cualquier momento puede despertar y descargar su ira por los alrededores.

Tal y como ocurrió hace una década, una tarde en la que Pablo se encontraba regresando a casa, apenas comenzaba a caer la noche cuando notó que algo no iba bien… El suelo comenzó a retumbar, después vio una columna de humo que iluminaba el cielo ascendiendo a más de 1500 m de altura, para después obscurecer el cielo con las cenizas que volaban por el aire. Corriendo tan rápido como las piernas le permitían, y con el latir de su corazón terriblemente acelerado, Pablo entró a su casa y se refugió bajo la mesa de madera que se encontraba en la cocina. Mientras se mantenía agazapado, comenzó a escuchar fuertes golpes que azotaban el techo de lámina… eran rocas incandescentes que caían una tras otra. Envuelto en lágrimas Pablo solo aguardaba en la oscuridad esperando lo peor. Esa noche el volcán estallaba en furia y no había lugar que brindara total seguridad. Pablo no tuvo otra opción que esperar, esperar y esperar.

Pasadas algunas horas y con la noche ya cubriendo el cielo, la calma comenzaba a llegar. A lo lejos, los gritos de desesperación de algunos vecinos rompían el silencio. Y así de pronto, de entre las penumbras se escuchó un grito que llamaba a Pablo por su nombre “Pablo, hijo, donde estas?”-era su madre- que regresaba a casa, buscándolo con desesperación. Esa noche, Pablo fue rescatado por su madre quien afortunadamente se encontraba con vida. Aunque desgraciadamente, no todos sus vecinos corrieron con la misma suerte. Incluso, se cuenta que un reportero que se encontraba cerca del cráter fue cubierto completamente por la ola de ceniza incandescente.

Las palabras de Pablo me generaban escalofríos al pensar lo que había ocurrido en aquel lugar por el que pasábamos admirando los ríos negros de lava que no hacía mucho tiempo atrás habían fluido quemando todo a su paso. Tras nuestro andar, podíamos ver como las huellas quedaban marcadas en las cenizas que cubrían la superficie, de un color que sería casi completamente negro si no fuera por las amarillentas manchas formadas por el azufre que se fugaba como vapor del interior del volcán. Pablo removió una roca y con sorpresa vimos como a menos de un metro de profundidad el calor seguía latente.

Continuamos el ascenso y en la parte alta del volcán logramos ver dos titanes más: El volcán de agua y el volcán de fuego. Dos gigantes majestuosos que se erguían ante nuestros ojos y que apacibles nos permitían admirar su belleza. Los mirábamos sin imaginar siquiera que unos meses más tarde, uno de ellos cobraría la vida de muchas de las personas que en ese momento encontraban en sus faldas un refugio y un hogar.

Mi mente vuela al pensar en lo maravillosa que es la naturaleza, que en ocasiones nos puede mostrar de lo que es capaz, al cambiar un paisaje lleno de vida por un campo de piedra y cenizas. Y saber que esto puede ocurrir en la vida de aquellos que habitan en cualquiera de los volcanes de Centro América. Indudablemente, es una vida maravillosa, pero es inquietante saber que tarde o temprano esa tranquilidad puede cambiar en un instante. Caída la tarde y con nuestra mochila al hombro nos dispusimos a continuar nuestro viaje hacia la ciudad de Antigua, no sin antes despedimos de Pablo deseándole buena suerte y una vida prospera al lado de su querido volcán… el magnífico Pacaya.

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